Madrid. Calle Preciados, famosa por las compras. Doce del mediodía de un día de Noviembre. Está diluviando. La gente llena la calle, excepto un circulo por donde no pasa nadie. Lo ocupa alguien que está envuelto en plástico verde y solo tiene mojándose las palmas de sus manos, que tiene juntas como si rezara. Delante tiene una caja mojada y prácticamente rota.

En la caja tiene algunas monedas que no juntan cien céntimos. Diluvia con ganas. Yo con mi paragüas estoy calado. Esta persona lleva un plástico verde. No hay carteles aludiendo a hijos hambrientos, no hay peticiones no hay quejas, no hay apenas cien céntimos en su caja.
Le echo una moneda de un euro. No dice nada, no se mueve no emite sonido alguno. Me alejo. Sigue sin moverse. La gente pasa por mis lados en una de las calles más concurridas de Madrid. Y llueve. Y huele a mojado. Y sigue sin moverse. Vienen dos coches de policía. Le ven desde la ventanilla. Se paran. Les veo hablar. Continúan hacia arriba, hacia la Plaza de Callao.
La marea humana sigue subiendo y bajando, abarcando toda la calle excepto cuando algún tipo de barrera circular les hace apelotonarse a los lados al llegar a la altura de la persona envuelta en plastico verde, en la Calle Preciados, famosa por sus compras.
Donde hay muchas luces hay también muchas sombras...
|