En esta última entrega de fragmentos del libro de Kamen, "Del Imperio a la Decadencia: los Mitos que forjaron la España Moderna", veremos la opinión del autor acerca de la universalidad del castellano y su consideración como lengua nacional...
"El indiscutible éxito del idioma castellano tanto en la Península como fuera de ella hace que nos preguntemos si ese idioma era una expresión de España en cuanto a nación. El término lengua nacional, aplicado al castellano, aparentemente apareció por primera vez en el año 1884, cuando se utilizó en el diccionario oficial del castellano, publicado bajo la dirección de la Real Academia de la Lengua. La Academia lo distinguía de las demás lenguas que se hablaban en el país, a las que se calificaba de dialectos. ¿Existe eso denominado lengua nacional?
Algunos expertos en pensamiento político suelen aceptar que el idioma es una característica básica de la identidad de una nación, que una nación no puede existir sin un idioma común y que cada nación debería tener un idioma propio. A partir del siglo XVIII, cuando el escritor alemán Herder hizo hincapié en que el idioma era una característica fundamental de la identidad básica de la nación, los movimientos nacionalistas han enfatizado con vigor la primacía de una lengua común. Sin embargo, este énfasis no tiene mucho respaldo en lo que realmente sucedió en la Historia. El idioma, podemos decirlo categóricamente, no crea una nación. En la mayoría de los casos, la nación apareció antes del idioma. Renan afirmaba, justificadamente, que "el idioma puede invitar a que nos unamos, pero no nos obliga a hacerlo". En todos los países europeos la adopción de una lengua común llegó mucho tiempo después de que las líneas básicas de la nación y el Estado se hubieran organizado. En la Italia unificada de 1860 sólo una pequeñísima minoría, menos del tres por ciento, hablaba el idioma (toscano) que poco después se convertiría en el idioma nacional. En la Francia anterior a la revolución, la mitad de la población no hablaba o no sabía hablar francés. (...)
El idioma no era una norma que se transmitiera por medio de los libros. El éxito de la literatura impresa evidentemente tuvo muy poco impacto en un mundo en el que pocas personas leían libros, en el que el nivel de analfabetismo era abrumador y en el que todos los contactos culturales significativos eran orales más que escritos. La situación en la península Ibérica era típica. Las obras españolas podían ser las obras más vendidas en las tiendas de libros de Barcelona, pero en las calles casi todos hablaban catalán. "En Cataluña –afirmó un sacerdote desde ese principado en 1636, más de cien años después del comienzo del reinado de la dinastía Habsburgo-la plebe y vulgo no entiende el castellano". Podía encontrarse la misma situación en cualquiera de las provincias costeras de España. Incluso en 1686, las reglamentaciones de tráfico marítimo en Guipúzcoa tuvieron que estipular que las embarcaciones contaran con un sacerdote vascoparlante, dado que entre los marineros "los más no entienden la lengua castellana". La ausencia de una lengua nacional común, fenómeno que era bastante normal en la mayoría de los Estados europeos, era particularmente llamativa en España. Buena parte de los nativos de Andalucía y Valencia (si eran de origen islámico), Cataluña, el País Vasco, Navarra y Galicia no entendían una palabra en castellano."
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